Proyecto y obras de restauración de cubiertas y de drenajes de ermita de Santa Lucía

1. PROYECTO

Situación y emplazamiento

La ermita de Santa Lucia –originalmente una leprosería- es parte integrante del conjunto histórico-artístico de Morella y se sitúa al norte de la ciudad, alejada unos 500 m de sus murallas. Junto con el acueducto gótico adyacente constituye un elemento de identidad del paraje denominado el pla de Santa Llúcia, ubicado en el extremo oeste de la dena de la Roca.

    • F. 1 Vista desde Morella
    • F. 2 Vista desde SE
 

(F.1, 2) El propio edificio linda al sudeste con la carretera que, pasada la ermita unos 30 m hacia el nordeste, se bifurca y conduce por una parte a Xiva y por otra parte une Morella con la carretera N 232. En el lado noroeste la fachada posterior de la ermita comparte, separada por un estrecho paso, la secular vecindad con el acueducto gótico, más conocido con el nombre de Arcs de Santa Llúcia. La fachada nordeste, testera, forma con el acueducto y la carretera un espacio triangular abierto, de semblante desolado. Desde aquí se ofrecen subyugantes vistas panorámicas hacia la lejanía y hacia el conjunto fortificado de Morella. La fachada sudoeste es en la actualidad una pared medianera, ya que tiene, en toda su extensión, una casa adosada que sirve de almacén. Originalmente esta fachada, situada en la cercanía del portalet de Xiva, un arco de acueducto de donde parte el camino viejo a Xiva, estaba libre y servía de entrada.

Aproximación histórica general

La actual ermita de Santa Lucia, un edificio medieval de arquitectura civil y religiosa, que por la capacidad de su sistema constructivo de crear grandes espacios diáfanos se adaptó a lo largo de los siglos a una diversidad de usos, se construyó con el fin de albergar una leprosería, probablemente una de las primeras en el país valenciano.

La lepra pertenecía, prácticamente durante milenios, a los males contagiosos, temibles azotes de Dios, sin ninguna esperanza de curación, hasta que el año 1879 fue descubierto su causante, el mycobacterium leprae, por parte del medico noruego Hansen. El origen hipotético de esta enfermedad se centra, según escritos antiguos y estudios más recientes, en tres  pueblos con civilizaciones ancestrales: indio, egipcio y hebreo. De los lugares originarios, a lo largo de siglos se expandió la enfermedad por el Mediterráneo, utilizando como vías de propagación las numerosas invasiones, los éxodos, las migraciones y los movimientos de mercaderes. El medico griego Hipócrates describe los síntomas de lepra y la llama “el mal fenicio”, no sólo por estar la enfermedad más extendida en Fenicia, sino por ser este pueblo viajero uno de los portadores y transmisores del mal. Probablemente a través de sus contactos y su presencia, anterior al primer milenio, se formaron los primeros focos endémicos en la Europa mediterránea, incluida la península Ibérica. Estos focos se pudieron  ampliar por las inmigraciones de hebreos en los tiempos de la diáspora. Ya casi al final de la Antigüedad, en los últimos siglos de la existencia del imperio romano, y de modo no demasiado relevante dada la rigurosa legislación sanitaria, son los esclavos contaminados traídos del oriente, los que ayudan a implantar la lepra, sobre todo en el noroeste de la península.

A partir de la Edad Media, el mal de San Lázaro, conocida también así la enfermedad por ser este santo bíblico infectado por ella y curado milagrosamente por Jesucristo, recobra proporciones realmente tangibles. Se abren tres nuevas vías de penetración y difusión que propagan el mal por la península, a saber: la invasión árabe, el camino de Santiago y las cruzadas. Para los estudiosos del tema hoy día es incuestionable que la extensión y la formación de los focos endémicos masivos en Andalucía, Extremadura y en Levante se crearon durante las invasiones árabes a partir del siglo VIII. Los portadores del Islam trajeron del Oriente una elevada cultura, pero también implantaron algunas enfermedades infecciosas exóticas, entre ellas el dzudham(lepra). El hecho de que en la sociedad del al-Andalus la persona afectada seguía viviendo integrada libremente en la población sana, sin ningún tipo de hospitalización y bajo una actitud indiferente-tolerante de ésta, hasta que el carácter deformante de la facies leoninay otros síntomas anejos lo impidió, reforzó en gran medida el arraigo del mal. La respuesta de los sabios andaluces a las numerosas enfermedades y dolencias fueron los numerosos estudios y trabajos de medicina, pero sin conexión ni aplicación directa con el sufrido. Sólo los pacientes adinerados se podían permitir el lujo de ponerse en manos del medico para paliar los sufrimientos, oportunidad que, por otra parte, no tuvo el enfermo en la España cristiana de aquel entonces.

El siguiente acontecimiento difusor en la historia de la lepra son las peregrinaciones a Santiago de Compostela. El fluir de los peregrinos, muchos de ellos enfermos, leprosos incluidos, por el camino de Santiago aportaba el traslado de bacilos al noroeste de la península. Al no obtener los leprosos la tan anhelada y milagrosa curación, cansados para regresar a sus tierras de origen, se quedaban en los hospitales de peregrinos. Parte de estos pronto se llamó por su propio nombre: leproserías, conservadas en su mayor número en el último tramo del camino.

La tercera vía de introducción del mal, menos trascendente en España que las anteriores, son   las cruzadas. Los participantes en este evento bélico-religioso procedentes de la península eran originarios, en gran medida, de Castilla y Aragón. El saldo morboso a la vuelta de la Tierra Santa fue la implantación del virus fresco en la tierra de origen de los cruzados.

La lepra, por su difusión, por el horror que sembró y por el destacado dramatismo que la acompañó, afectó profundamente la vida en la Edad Media. Entre los documentos concretos relacionados con este mal destacan las leproserías: ellas son monumentos arquitectónicos específicos de este triste suceso social. Las leproserías, llamadas igualmente gaferias, ladrerias, y en catalán malaterias, cases de massells, llebrosserías y también, a partir del siglo XV en general, lazaretos, eran instituciones dotadas de espacios necesarios como las salas, la capilla adosada, integrada o en las cercanías, pero indisolublemente unida a la sala, la cocina y los retretes, entre otros.  Se edificaban cerca de fuentes de agua, de igual modo que un hospital general o una enfermería de monasterio de su época, pero situadas extramuros, en un lugar apartado y aireado. Se fundaban para paliar y atender los sufrimientos, tanto físicos como psíquicos, de los pacientes generalmente de las capas sociales privilegiada. Los enfermos pobres tenían que recluirse y aislarse en una casa de leproso; una construcción precaria lejos de la población, sin atención y sólo con la posibilidad de mendicidad. Probablemente excepcional era la situación del leproso en Valencia, zona muy endémica. Aquí, en un hospital fundado después de la conquista cristiana se recogían los leprosos de todas las clases sociales, edades y sexo. Las normas que regían en este lugar eran menos rígidas ya que los mesells podían comunicarse más fácilmente con los sanos, cosa absolutamente prohibida en otros territorios. Puede que este  fuera también el caso de la leprosería de Morella.

Durante toda la Edad Media el cuidado del mal de San Lázaro pertenecía por norma y por ley, bajo la jurisdicción de la iglesia. Eran los religiosos y los caballeros de las ordenes hospitalarias, y no los médicos, quienes se ocupaban, con medios terapéuticos muy limitados, de cuidar a los enfermos. Pero, por otra parte, también fue la iglesia quien durante siglos dictó y ejecutó, cuando una persona mostraba los síntomas, o se sospechaba infectada de lepra, la macabra e irrefutable ceremonia de separatio leprosarium. Con ella se excluía al desdichado, pronunciando las palabras sic mortum mundo para siempre de cualquier contacto con el resto de los vivos. El relevo de la iglesia por los médicos, que llevó al interés y el estudio de esta enfermedad crónica, coincidió con el comienzo de Edad Moderna. Bajo el reinado de los Reyes Católicos se crearon, en el año 1477, los Protomedicos del Tribunal Supremo. A estos se les concedió la jurisdicción sobre el reconocimiento de leprosos, que se extendió a partir del 1499 a todos los territorios de Hispanoamérica.

El hospital de Santa Margarita, o Casa dels masells, construida extramuros de Barcelona en el siglo IX, se considera la primera leprosería en la península Ibérica. De ella sobrevivió la capilla románica de siglo Xll (fig. 122). A partir del siglo XII  siguieron las fundaciones de numerosos hospitales de peregrinos-leproserías, centradas sobre todo en las zonas mas endémicas, como el entorno del camino de Santiago. Algunas se situaron en Castilla y Extremadura. Dice un personaje de la época, seguramente con cierta exageración, que“…no habia un pueblo o aldea en Espana cristiana que no tenia una leproseria…”. Las fundaciones se multiplican en los siglo XIII a XV conforme la conquista cristiana se adentraba en el territorio del al-Andalus. Gracias a los estudios y la dedicación científica a partir del siglo XIX se llegó casi a erradicar el bacilus lepraeen Europa. En España actualmente existe sólo un sanatorio para la atención al enfermo, en Fontilles, provincia de Alicante.

Evolución constructiva del edificio

Los antecedentes de la historia documentada de la llebrossería de Morella se pueden situar en los años setenta del siglo Xlll, época de establecimiento de la orden mendicante de San Francisco en esta villa. Se sabe que entonces a las personas enfermas de lepra de esta población se les obligaba a abandonar su hogar y vivir apartados, en condiciones infrahumanas, en la cova dels cagots (leprosos), un lugar a dos horas de camino de Morella en dirección nordeste, cerca del nacimiento de río Corces y en la proximidad de la font de la Esperança (F.3).

Cova dels Cagots

En este solitario paraje, donde después de siglos se respira el aire denso, cargado de sufrimientos, los pobres infectados sólo podían soñar con su curación, a modo de “pacientes soñadores”de los antiguos asclepios griegos, precursores de los hospitales. Pero al despertar vivían el horror de que no estaba ningún sacerdote que les proporcionase el anhelado remedio de alivio, ni veían el templo que les ayudase a sobrellevar el mal espiritualmente.

A los franciscanos, fieles a su entrega a la caridad cristiana, quedan unidas tres fechas relacionadas directamente con la construcción de la leprosería y con la promoción y fundación de la cofradía de San Lázaro, institución que atendía al afectado del mal, a saber: el año 1280 es cuando se reunieron en el claustro del convento de San Francisco los miembros de una sociedad, dedicada en primer lugar a llevar la comida a la cova. En esta fecha quedó establecida la cofradía. Le sigue el año 1286, cuando se eligió el pla de santa Llúcia para el emplazamiento de la casa-hospital. Por último en el año 1291 se aprobaron oficialmente los estatutos de la cofradía, formada por 120 miembros, tanto personas eclesiásticas como señores pertenecientes a las principales familias de Morella. Esta fecha es, desde el punto de vista de la evolución constructiva del edificio, la más importante. Este hecho queda reflejado por las constituciones, encabezadas de la siguiente manera:

Anno Domini nostri J.C. MCC nonagesimo primo. Lo jorn del Benaventurat Monseñor San Llaser, en la seua esglesia ffon ordenats per los cofrares los cappitols é ordenacions seguents. A honor de Deu é de madona Santa María é del Benaventurat Monseñor San Laser é de Santa María Madalena é de Santa Marta é de Santa Lusia etc.[1]

¿De que forma se componían los espacios construidos originales y como se organizaba el entorno del monumento relacionado por la conjunción de aspectos históricos, formales y sentimentales y por la atención visual con el? Ya se ha mencionado anteriormente que las leproserías, igualmente que los hospitales generales y las enfermerías de los conventos, eran unos complejos arquitectónicos mas amplios, creados por varias dependencias y zonas libres, unidas por la afinidad común de atender a los enfermos. Se extendían y organizaban alrededor de un edificio principal, a lo largo de varios siglos de la Edad Media, de tipología de open ward (sala abierta) y destinado al reposo y atención de curar (F.4).

    • F. 4 Enfermería de san Pedro el Venerado, Cluny, año 1157
 

Este tipo de edificio, posiblemente con un oratorio integrado y destinado originalmente a esta finalidad, es el único testimonio construido del complejo de la leprosería de Morella.

A través de estudios y análisis comparativos de escritos de época, aparejos, materiales y detalles constructivos y sondeos arqueológicos de esta arquitectura medieval, actualmente de aspecto heterogéneo y enrevesado, se llegó a formar una hipótesis de cuatro fases básicas de su evolución constructiva. Las fases están determinadas y condicionadas por la adaptación del inmueble a nuevos usos y por el estado de conservación en cada momento, y aparte de ayudar a entender el edificio, son fundamentales en el momento de consolidar y restaurar la ermita. No en menor medida se ha puesto atención a la investigación de la transformación del entorno del monumento, intrínsecamente unidos entre sí (plano 0).

Primera fase constructiva

La primera fase constructiva se considera el edificio levantado al final de los años ochenta del siglo Xlll, destinado a ser la estancia central de la leprosería. Los franciscanos, principales ideólogos de esta institución social, concibieron su arquitectura en  una tipología de uso generalizado, tanto en obras religiosas como civiles, difundida a partir del final del siglo Xll por la mitad norte y nordeste de la península, y extendida con la conquista cristiana por todo el País valenciano. Este modelo arquitectónico destaca por una claridad y facilidad constructiva y consiste en una nave libre, formada por una estructura de arcos diafragmas transversales, elementos portantes inherentes al sistema, a veces reforzados por contrafuertes adyacentes. La nave está delimitada lateralmente por muros de traba y cierre. Lleva una cubierta a dos vertientes. Un testigo interesante que subraya la especial relevancia de la mencionada solución constructiva milenaria es el primer edificio, construido en 1901, del complejo de sanatorio de Fontilles (Alicante), hoy la última leprosería de España (F.5).

4

La sala de Morella, orientada a nordeste, de planta rectangular ligeramente irregular, de 30,20 m x 9,30 m en el interior, estaba dividida al principio por cuatro arcos diafragma apuntados en cinco crujías (F.6). Los arcos, de sillería sin molduras y de mampostería, arrancan prácticamente del nivel de suelo. Su atrevido trazado de aprox. 8,30 m de luz y 7,50 m de flecha queda subrayado por el poco grueso del volumen de 0,60 m. El primer arco desde sudoeste se eliminó más tarde. Su existencia lo testimonian unas dovelas colocadas en la base del muro divisorio y las señales de unión vertical en el paramento noroeste.

El espacio se trababa y delimitaba transversalmente por muros nordeste y sudoeste -ambos en el presente con detalles constructivos originales- y longitudinalmente por muros noroeste y sudeste. El último fue derribado parcialmente en una fase posterior (F.7,8). La fábrica de mampostería encajonada reforzada en las esquinas con obra de sillería, tiene aproximadamente 0,85 m de grueso, con ciertas variaciones: así la medida tomada en el coronamiento del paramento noroeste es de 0,85 m, mientras que en un hueco del mismo paramento, en el espacio posterior a la capilla 3, se observa la profundidad de 1,00 m, y eso sin llegar a otro extremo del muro.

    • F. 7 Muro SE derribado en la capilla
    • F. 8 Detalle del muro SE derribado del tramo 2
 

El paramento sudoeste, actualmente una pared medianera, ha sido desde el principio y durante siglos la fachada principal de la nave. Ligeramente descentrada del eje vertical hacia la derecha está emplazada la puerta de entrada de 1,60 m de ancho; tanto las jambas como las grandes dovelas del arco apuntado rebajado de 1,10 m de flecha, son de sillería (F.9).

    • F. 9 Arco de puerta de entrada
    • F. 10 Espadaña tapiada de fachada SO
 

Hay otra puerta situada a la derecha de la de entrada, de la misma morfología estructural, pero de dimensiones más reducidas, completamente tapiada y cubierta por capas de revoco. Se observan unos detalles constructivos interesantes relacionados con ambas: las dovelas de la zona de riñón del arco grande apoyan en el trasdós de las dovelas del arco pequeño. También parece que la jamba izquierda de la puerta grande sea común con la derecha de la puerta pequeña (actualmente esta zona está oculta parcialmente por una escalera). Se trata estructuralmente de una especie de “puerta siamesa”. La similitud de la fábrica, la misma talla de piedra con trinchante y las cuñas de nivelar crean un aspecto unificador y de contemporaneidad a los dos accesos. La puerta de dimensiones reducidas podría ser el acceso a una dependencia adosada exteriormente, quizá la capilla de la que hablan algunos documentos relacionados con el monumento.

Según la tradición, ya en la cova dels cagots existía una campana que con su sonido avisaba la peligrosa presencia, o anunciaba la muerte, de leprosos (F.10). Esta se colocó, posteriormente, en el campanario de espadaña, incrustado actualmente en la pared medianera. Seguramente, a lo largo de su dilatada historia este elemento constructivamente débil y expuesto sufrió varias reparaciones, posiblemente la última cuando se colocó al revés la piedra rangua, soporte del eje de giro de la campana, no obstante su sitio es original: así lo demuestra la base-refuerzo, realizada en sillería, otro detalle bien visible desde la vivienda del guarda.

Unido al estudio del edificio original se plantea la pregunta ¿como se iluminaba el espacio interior? (F. 11,12,13). En la parte superior de los paramentos sudoeste y nordeste, existen sendas aspilleras labradas en sillería prácticamente centradas al eje vertical de las fachadas. Ellas son los últimos vestigios de la entrada de luz natural en la sala. Probablemente otras, de las mismas características, se situaban en el paramento sudeste, en las crujías delimitadas por los arcos diafragma, de modo análogo a las de la iglesia de Salvasoria de Morella. El paramento noroeste no lleva ninguna señal de ventanas. El motivo de su ausencia puede ser la exposición del muro a fuertes vientos. Aquí se debe tener en cuenta que según los documentos la construcción del acueducto es posterior a la leprosería.

    • F. 11 . Aspillera de la fachada SO
    • F. 12 Aspillera de la fachada NE
    • F. 13 Iglesia de Salvasoria
 

Los empujes transversales de los arcos diafragma y muros de la estructura portante contrarrestan cuatro (en origen probablemente cinco) contrafuertes, de unos 2,00 m de largo y 1,20 m de ancho, situados en el paramento sudeste, construidos en mampostería y reforzados con obra de sillares labrados (F. 14,15). Puede ser que al principio no estaba  prevista su edificación, así se deduce de su unión, tipo adosada y puntualmente trabada, con el muro existente, pero las grietas, indicadoras de desplome, que aparecen probablemente una vez acabada la construcción, aconsejaron su colocación. La suposición de situar la obra de contrafuertes en los mismos años que la nave o en un plazo corto a su acabado, se ve apoyada por un detalle salido a la luz en el sondeo arqueológico realizado en la zona de contacto de la esquina izquierda de la nave y el contrafuerte: la primera hilada de los dos paramentos está labrada de la misma forma en sillería y  colocada a igual nivel sobre la roca recortada La horizontalidad de los muros se consigue con unas cuñas de ripio similares en los dos paramentos.

F.14 Contrafuerte en la fachada NE, F.15 Base de contrafuerte y de fachada NE, F.16 Techumbre y arco diafragma en el tramo 1

La cubierta a dos aguas original, aunque renovada en varias ocasiones, pudo ser muy parecida a la existente en la actualidad. Esta se compone de tejas curvas de gran tamaño, colocadas directamente sobre una techumbre estructural de madera consistente en solera de tablas, sin decoración, sobre una trama de grandes vigas de sección rectangular, que a su vez apoyan en ménsulas labradas y empotradas en el trasdós de los arcos y muros transversales (F. 16).

El edificio mantendría su función de leprosería sólo aproximadamente hasta pasada la mitad del siglo XlV, tiempo en el que desapareció el temible mal de Morella. A partir de estas fechas, seguramente después de su purificación, servia como ermita -nombre que suele darse a iglesias rurales- y en ocasiones ejercía la función de hospital. En documentos de esta época, siglos XlV-XV, se menciona con el nombre de San Llàtzer o Santa Llúcia, para pasar a utilizarse más adelante sólo el de Santa Lucía (o Santa Llúcia).

Segunda fase constructiva

La segunda fase constructiva queda marcada por el año 1598, que es cuando se adjudicó el edificio a la Orden de Agustinos, instalados recientemente en la villa, para establecer aquí temporalmente su convento. Según el pleito documentado, que mantuvieron los Agustinos con el párroco de la iglesia de San Miguel por la devolución de los ornatos y cosas de valor existentes en la ermita y retirados con anterioridad a la llegada de los monjes, se puede deducir que ésta debería estar estructuralmente en buen estado de conservación. Es en estos años de presencia de los religiosos donde se puede datar la eliminación del primer arco diafragma desde sudoeste y su sustitución por el muro de división de 0,70 m de grueso, construido en mampostería ordinaria. Esta intervención, en la que se independizo la primera crujía del resto del espacio y que atestiguan unos detalles citados ya en apartado 1.3.1, está justificada por la doble función que debería cumplir la nave convertida, aunque por un periodo de pocos años, en convento: la de alojar la pequeña comunidad y servir de culto. El espacio de la primera crujía, a su vez dividida horizontalmente en dos niveles, se usaría como alojamiento. Las restantes cuatro crujías, comunicadas con la primera por una puerta en planta baja y una ventana a nivel superior, conformarían la iglesia.

En la superficie de los tramos noroeste, nordeste y en el muro de división del lado de la iglesia, se aprecian restos de revoco con falso despiece de sillería, decoración de estas características extendida con profusión a lo largo del siglo XVl (F. 16,17). Se trata de una creación ilusoria, unificadora del espacio de la iglesia, ausente en la primera crujía sudoeste y que, realizada sobre el muro gótico, transcurre debajo de los volúmenes de estructura de refuerzo descrita más adelante. Los detalles citados justifican la adjudicación de esta actuación embellecedora a los religiosos Agustinos.

    • F. 16 y
    • F. 17 Restos de revocos con despiece ilusorio
 

Tercera fase constructiva

Observando el espacio interior de la ermita se evidencia que su esqueleto portante gótico ha sido reforzado; la clase de fábrica de mampostería y las soluciones de detalle señalan a la época barroca. Es en la segunda mitad del siglo XVll donde se sitúan esta tercera fase constructiva y su generador, la epidemia de peste del año 1649. Para esta afirmación contamos, desde el punto de vista histórico-constructivo, con dos importantes anotaciones en un libro de Visitas pastorales de Morella:

Anotación del año 1658

(…1649…el any de la peste…fou hospital de empestats…despues para purificarla se puso fog y se cremen tots els altars y teulades y mes coses de esta ermita de manera que no quedad cosa alguna y ahora tornen a reedificar aquella…)[2]

Anotación del año 1664

“…visto dicho ermitorio y lo encontro bien…ya esta acabado de reedificar…”[3]

A consecuencia de las medidas drásticas, pero que en su momento fue el único modo seguro de borrar los posibles restos de contagio, se ha resentido la esbelta estructura de los arcos diafragma. La huella, a saber una patología que dejo muy probablemente este fuego en la piedra caliza, es bien visible desde el espacio posterior en el arco tres: el color rojizo y las superficies exteriores de los sillares desprendidas en razón del fuerte calor.

La reedificación, quese puede interpretar como obras con el objetivo de asegurar la estabilidad de edificio, duró entre diez y quince años. A lo largo de muro noroeste, carente de contrafuertes, se impuso otro muro-riostra de 0,80 m de grueso, de altura hasta el nivel de encuentro con la cubierta, realizado en mampostería y con unos vanos en las zonas inferiores entre los arcos (F.6). La parte de arcos entre muro-riostra y el paramento noroeste se macizó, dejando una pequeña abertura de paso en la parte de base, y se revistió también con mampostería ordinaria: así esta parte de los arcos se convirtió en contrafuertes interiores. En el paramento sudeste con contrafuertes existentes se antepuso un muro-riostra de características similares al del lado opuesto, directamente a muro de cierre (F.16), quedando englobada parte de los arcos diafragma en el volumen de la fábrica nueva.

 

    • F. 17 Capilla en contrafuertes, tramo 1
    • F. 18 Capilla en contrafuertes, tramo 2
 

La imposición de muros-riostra, aparte de lograr el objetivo dado de consolidar estructuralmente el edificio, conllevó la transformación de sus proporciones internas: así se redujo el ancho de la nave, y a razón del paso creado adyacente a paramento noroeste se descentró el eje longitudinal de la nave. La variación del aspecto visual queda subrayada por tres capillas ubicadas en los espacios generados entre los contrafuertes nuevos del lado de evangelio (F.17, 18), y por la sacristía y la capilla dos, contiguas al paramento sudeste (F.16, 20). Las dos últimas dependencias pertenecen ya a una serie de añadidos que producen tanto un cambio del interior como una modificación del aspecto volumétrico del exterior de la ermita: se oculta la clara tectónica, el ritmo de contrafuertes y muros de la fachada original (F.19).

    • F. 20 Capilla 2 del lado SE
    • F. 19 Fachada SE
 

La sacristía se emplaza entre los contrafuertes tres y cuatro, en los cuales apoya su bóveda de cañón de arco rebajado, construida en piedra sensiblemente plana, colocada de canto. A los contrafuertes se antepone el muro de sillería de cierre, actual tramo cuatro de la fachada sudeste. Al juzgar por la ejecución de las juntas y colocación de sillares, no demasiado cuidadas, podría tratarse de material reciclado. En la parte superior del muro se sitúa una aspillera, tipo militar, que según el aparejo es contemporánea a la edificación del paramento. Otra ventana incrustada sin cuidado en el centro del paramento pertenece a un arreglo posterior. Eliminando el muro gótico en la parte de la nave y construyendo el muro de mampostería ordinaria adyacente al contrafuerte dos y la testa del nuevo muro sudeste se creo el espacio básico de la capilla dos (F.20), iluminada al principio a través de una ventana abierta en el grueso del contrafuerte dos. Según la obra de la mampostería, y su traba puntual con la de la vecina sacristía, es posible que la capilla sea de fabricación posterior. No hay que olvidar el dilatado tiempo, casi quince años, que duraron las obras. También el estudio histórico-artístico de los esgrafiados y las yeserías actualmente existentes apuntan al barroco del siglo XVll, lo que sitúa la capilla en los trabajos realizados en la reedificación.

En la descrita tercera fase se practicó probablemente el acceso directo a la ermita, aunque con otro aspecto formal que el actual. También se añadió un porche, de techumbre de madera y teja curva, sostenido por pilares de cantería, que ejercía la función añadida de riostra transversal de la fachada sudeste (F.21).

    • F. 21 Acción de santa Lucia en el año 1710 (Morella y sus aldeas, J. Segura Barreda, año 1868)
 

Otra vez se plantea la pregunta ¿Cómo se iluminaba la ermita, esta vez en el siglo XVll? En la parte superior del paramento sudeste de los tramos uno, dos y tres se encuentran sendas ventanas. Al no existir entonces una capilla entre los contrafuertes uno y dos, y estar el muro gótico parcial o totalmente derribado, la luz podía penetrar por la ventana correspondiente directamente. En el tramo uno, por la situación del porche, se organizó un tragaluz. Sus vestigios, o de uno similar, dadas las relativamente frecuentes reparaciones de la cubierta, se observan desde el coro de la nave y en la cubierta. Un elemento construido igual podía servir de entrada de luz en la parte superior del tramo tres.

La cubierta que se colocó en la reedificación, a raíz del gran fuego, era seguramente materialmente toda nueva, pero conceptualmente sus canes, vigas, solera y su disposición, eran muy similar a la preexistente -y a la actual- ya que se trata de un tipo de techumbre de uso continuo a través de los siglos.

El pla de Santa Llúcia era desde el punto de vista militar un lugar estratégico: los enemigos situados en este paraje dominaban y controlaban, aunque solo visualmente, el relativamente débil flanco norte de Morella. Este es el motivo por el cual la ermita servia, en tiempos bélicos, para el uso del ejercito. En la guerra de Sucesión, en el año 1710, se menciona su destino como de cuerpo de guardia. Por estar emplazada en el centro del “teatro de guerra” y por haber estado  probablemente alcanzada por piedras voladas en la explosión del polvorín del castillo en el año 1709, no es de extrañar que la anotación en la Visita pastoral del año 1717 diga: “…visto dicha ermita y hallo esta derruida por guerra…”[4]. Cabe suponer que se trataba, sobre todo, de daños en la cubierta que han sido restituidos en poco tiempo, ya que en las Visitas en próximos años se dice lacónicamente “...el ermitorio esta bien…”[5].

En el vecino acueducto, dañado tanto por el paso del tiempo como por la guerra, es donde se centró en el siglo XVlll una gran actividad constructivo-reparatoria. Al reforzar el lugar de cambio de dirección del trazado del acueducto, quedó englobada, en el volumen de la mampostería, la esquina derecha del paramento nordeste de la ermita.

Cuarta fase constructiva

“…su bella arquitectura moderna…” así especifica el aspecto neoclásico del espacio renovado J. Segura Barreda en su libro Morella y sus aldeas, publicado en el año 1868. Estas obras que constituyen la cuarta fase constructiva, dirigidas sobre todo al embellecimiento y modernización del interior de la ermita, están bien documentadas en un otro libro de Visitas pastorales de Morella; desde el año 1816 hasta el año 1822 se anotan cuentas de materiales, de transporte, etc. y jornales pagados a Joan Traver, el mismo maestro de obras que renovó la iglesia de San Joan de Morella.

La trama base de la decoración, realizada en rajoles i guix, se compone de tres pares de doble pilastras de orden dórico, antepuestas a muros-riostra barrocos y coronadas por ancho entablamento, que por su potencia plástica subraya la profundidad de la nave. Siguiendo el ancho de las pilastras, en la parte superior del entablamento arrancan arcos transversales de la nave (F.22,23,24). Su forma es aproximadamente parabólica debido al irregular acoplamiento, con aparejo de ladrillo, a los arcos apuntados góticos. Las pilastras y los arcos, en oposición al entablamento, acentúan tanto la verticalidad de la nave como su división en cuatro tramos. El volumen decorado se cierra con bóvedas tabicadas, elementos de equilibrio del espacio renovado. La forma de las bóvedas en las crujía uno a tres se acerca a la de una bóveda vaída; en el tramo cuatro es de cañón seguido.

    • F. 22
    • F. 23
    • F. 24 Decoración neoclásica
 

En la fase neoclásica se decoraron también las tres capillas del lado de evangelio y la capilla de nueva planta de lado de epístola. Todas contenían altares de obra y yesería y estaban dedicadas, empezando por la capilla enfrente de la puerta de entrada, también remodelada a gusto neoclásico, a S. Joaquin, S. Julian, S. Lucía, Santísimo Cristo yaciente y a S. Eloy. Actualmente quedan altares sólo en las capillas de S. Joaquin y de S. Julián .

La iluminación natural era la actual, bastante parca, ya que según indican las aberturas, la luz entraba solo por el tragaluz en la primera crujía y probablemente por una ventana, parcialmente tapiada, en el paramento sudeste de la capilla uno.

Los únicos espacios nuevos construidos son la capilla uno, creada cerrando al exterior el volumen delimitado por los contrafuertes uno y dos con mampostería de ejecución basta, al inicio seguramente revocada, y el coro elevado en la crujía de entrada (F.25,26).

    • F. 25 Vista interior hacia el coro elevado
    • F. 26 Exterior de la capilla uno
 

Ya en los años treinta del siglo XX, en la época de la Guerra Civil, la ermita experimentó otro cambio de uso temporal: se instaló aquí un almacén de carbón y un taller de reparación de maquinaria. A estas actividades van unidas intervenciones “de arreglo” que se pueden calificar de destructivas y consistentes en un derribo parcial del muro de la fachada nordeste para crear una entrada de camiones, una nueva ventana en la capilla uno, convertida en taller y excavación de dos fosos, adyacentes a la entrada original, para reparar coches. Después de la guerra se tapió la entrada de coches y se rellenaron los fosos, pero la ermita, aunque dedicada nuevamente al culto, siguió su lenta decadencia.

Estado de conservación (plano 1, plano 2)

Sin necesidad de dramatizar se puede constatar que el estado de conservación de Santa Lucía anterior a las obras era en general de gran deterioro. Ya en el año 1984 se redactó un informe de la Generalitat Valenciana sobre el estado deficiente de las cubiertas, realidad que en aquellas fechas impidió la celebración del culto. Desde entonces la decadencia global continuó, no obstante, por estar construida la ermita con técnicas y materiales tradicionales, resistió a convertirse en plena ruina.

El proyecto de renovación de cubiertas y limpieza de drenaje llevó al estudio conjunto -es imposible un aislamiento individual- de los daños que afectaron al edificio. Se ha investigado también la modificación del entorno, del que el monumento no se puede sustraer, ya que aquel determina, en cierta medida, los daños. El resultado era el establecimiento de un conjunto de lesiones y causas, una bipolaridad inseparable, descritas a continuación y resumidas en el cuadro final.

Modificación del entorno

La leprosería, situada a unos 500 pasos de la villa en la proximidad del camino ancestral de Morella a Aragón, constituyó en las fechas de su construcción la única edificación en el pla de Santa Llúcia. De la vía de comunicación la aislaba una alta valla. Puede ser que el muro bajo que se observa en el dibujo de “Acción de S. Lucia…”[6] (F.21) pertenezca a este paramento de separación y de exclusión del mundo circundante, un elemento construido imprescindible en todas las leproserías. El citado camino, según los restos existentes del trazado, era una estrecha senda; se bifurcaba en el pla de S. Llúcia,unos 50 m antes de pasar por la leprosería (F. 1). A partir de aquí otro camino conducía a través de campo y montaña a la población de Xiva. En los párrafos anteriores (1.2.) se mencionó la condición de existencia de agua en las cercanías de leproserías; ésta se encontraba aquí a unos 800 m de distancia, camino de Xiva, en el pouet de San Llàtzer y Santa Llúcia. Actualmente existe el pouet, pero con muy poca, o nada de agua, por haberse cortado el nivel freático del acuífero con el trazado de la carretera a Xiva en el año 1928.

En la mitad del siglo XlV la leprosería perdió su función como tal. La época coincide con la construcción documentada del tramo del acueducto denominado arcs de SantaLlúcia, emplazado tangencialmente a ésta (F. 2). Desde estas fechas los caminos pasan debajo de los arcos: el de Xiva por el portalet de Xiva y el de Aragón por otro arco a unos 80 m en dirección norte de la ermita.

Es a partir de la segunda mitad del siglo XlX cuando el entorno de la ermita y del acueducto empezó a experimentar modificaciones mas numerosas. “…Después se añadió la casa herrería, y se destruyo el pórtico, para trazar la carretera…”, escribe J. Segura Barreda, testigo ocular de los cambios, en el libro Morella y sus aldeas del año 1868. Esto significó la realización de un nuevo recorrido, el actual, ya que era imposible por lo accidentado del terreno la ampliación y adecuación del camino original al ya necesario ancho de paso del carro. También se derribó el porche barroco- según se lee en la cita anterior- y se construyó un nuevo, existente hasta los años ochenta de este siglo. Las obras de la carretera comportaron la eliminación de restos de muro de separación. Entre la ermita y la herrería, que colinda con el portalet y la font de Santa Llúcia, se construyó en el año 1872 la fonda Royo (actual almacén) que ocultó la secular fachada de entrada a la ermita.

Entrado el siglo XX, dado el tráfico rodado de los primeros coches, se reformó y ensanchó otra vez la carretera hacia Aragón. En un acuerdo del Ayuntamiento de Morella del año 1923 se especifica, entre otros, la construcción del muro de contención de piedra labrada. Con el terraplenado de la carretera y el muro de contención se cortó la unión y comunicación directa entre el camino original y el camino a Xiva, y por extensión de los lavaderos viejos del pla con la font de Santa Llúcia (F.26,27).

Plà de Santa Llùcia en la primera mitad de siglo XX

Las últimas modificaciones del entorno se realizaron en los años setenta y en 1999 y son respectivamente: la construcción de unas granjas en las proximidades sudeste y nordeste, que tergiversan las vistas al monumento, y el ensanchamiento de la carretera que llega ahora hasta muy cerca de la ermita.

¿A que uso se destinó el espacio adyacente a la fachada nordeste, actualmente un aparcamiento ocasional (F. 2)?

(…attenent que ell tingués lo ort aprés la sglésia de Santa Lúcia…)

(…hun ort de la dita cofraria, lo qual confronte ab l’arch de la aygua e ab la sglésia de Santa Lúcia e ab lo camí…)[7]

Los dos documentos hablan de un huerto, propiedad de la cofradía, que servía con el beneficio de sus frutos al hospital de S. Lucía. Según las indicaciones arriba subrayadas, relativamente ambiguas, podría ser éste el lugar en cuestión. Otra información al respecto aporta el ya citado Segura Barreda, quien escribe: “En nuestros días, al ensanchar la hijuela en los arcos del acueducto vimos también un antiguo cementerio….”. Los cementerios de las leproserías se situaban normalmente en el lado nordeste: ésta podría ser otra función del solar. Hoy día el paraje es un espacio residual, un escampado abandonado.

Debido a las capas de tierra y escombros acumulados por las ampliaciones y rellenos de la carretera y a otras acumulaciones de diversa procedencia, tanto el nivel original del “huerto” como el solar de emplazamiento de la ermita se encontraban –antes de las obras- entre 1,40 – 2,00 m por debajo de la cota actual del terreno. Otras ingentes acumulaciones de tierras y piedras, entre 4,00 -4,50 m por encima del nivel de pavimento de la ermita, se localizaban en el paso de separación entre ésta y el acueducto (F. 28). Estos volúmenes añadidos aportaban humedades permanentes al edificio, aparte de ocultar sus verdaderas proporciones.

Daños en muros, arcos y bóvedas

Los principales daños existentes en la estructura portante y en las bóvedas tabicadas tenían un agresor causante común que eran las humedades, y eso tanto procedentes de las infiltraciones de agua descendentes como por la ascensión capilar. Ambas daban origen a graves pérdidas de elementos artísticos de paramentos en el interior del monumento y a la degradación del volumen construido en general (F. 17,18). La parte inferior de los paramentos nordeste y sudeste y la total superficie del paramento noroeste estaba afectada por humedades, debido a las ingentes capas de tierra acumuladas en su vecindad. En las partes inferiores de los paramentos, debido a las humedades, se localizan superficies con juntas descarnadas (F. 26). La degradación del coronamiento -con más intensidad en el lado noroeste- estaba originada igualmente por humedades, esta vez por deficiencia y falta de cubierta y conllevaba la falta de atado horizontal, realidad que provocaba o participaba en otra serie de patologías (desplome, aplastamiento, etc.) (F. 29).

    • F. 29 Coronamiento de muros y cubierta del lado NO ruinosos
 

Las grietas y fisuras en la ermita eran síntomas patológicos que señalaban mayoritariamente a dos lesiones: el desplome y el aplastamiento. El primero era bien visible en la zona del interior y exterior del encuentro de las fachadas nordeste y sudeste, y de ésta con las capillas (F.30,31). La lesión se puede considerar en parte antigua: se debe probablemente a mal atado de la fachada con el resto del edificio y quedó acentuada y agravada por los impactos de munición en el tejado en los tiempos de guerras y por las vibraciones durante las obras en la carretera. El otro daño, el aplastamiento, se localizó en la mitad superior del primer tramo de la ermita y de la vivienda de guarda en la fachada sudeste (F. 32). Los materiales de su mampostería ordinaria, ligada con mortero de cal pobre, cedieron al no poder soportar el exceso de tensiones a compresión generados por la falta de coronamiento, la acción del agua y el sobrepeso del porche añadido. El paramento construido presentaba disgregación acompañada de fisuras. La deformación del dintel de entrada se debió también a sobrecarga de la zona superior. Este daño era grave y latente.

    • F. 30 Desplome de la fachada SE
    • F. 31 Desplome de la fachada SE
    • F. 32 Aplastamiento material en la fachada SE
 

Las roturas de volúmenes, o sea las posteriores realizaciones de aberturas en la fachada sudeste, aumentaban la desestabilización interna de muros, y así debilitaban su capacidad portante.

Históricamente interesante son los síntomas de la patología en la estructura portante, hace siglos subsanada, provocada por el fuego, probablemente la “purificación” después de la peste en el año 1649. Estos síntomas son fisuras, desprendimiento de la superficie de sillares y su coloración rojiza y se observan en el arco tres de lado evangelio (F.33).

aguilóns)

Daños en techumbre de madera, cubierta y forjados

En el estudio de las lesiones de la cubierta se distinguen dos elementos compositivos: la estructura portante, a saber la techumbre de madera (F. 16) y el material de cubierta propiamente dicho que son las tejas curvas de gran tamaño (F. 34). Las patologías que aparecen en uno de los dos afecta directamente el estado de conservación del otro. Los agentes destructores de la estanqueidad de la cubierta de la ermita eran el agua y las roturas: por las roturas de algunas tejas penetró el agua en la estructura leñosa; sus elementos degradados por la humedad cedieron, hecho que provocó otras roturas. Este proceso de mutua influencia llevó a estado ruinoso actual del conjunto de la cubierta (F.29, 34, 35).

    • F. 35 Conjunto de cubierta ruinosa
 

Cuadro de estado de conservación

5.1. Modificación del entorno

Construcciones adyacentes

Acumulación de tierras

Ampliación de carretera

Tubería de suministro de agua a Morella

5.2. Daños en muros, arcos y bóvedas

Humedades

Grietas y fisuras

Juntas descarnadas

Desplome

Aplastamiento

Coronamiento deficiente

Roturas de volúmenes

5.3. Daños en techumbre de madera, cubierta y forjados

Elementos de techumbre degradados

Falta de techumbre

Cubierta deficiente

Falta de cubierta

Elementos de cubierta ruinosos

Forjado degradado

2. OBRAS

Criterios y planteamientos generales

Las intervenciones se realizaron bajo criterios que son el resultado de valoración y síntesis de estudios previos compuestos, a su vez, por la investigación histórica, el análisis estructural y el conocimiento de los daños. Los criterios, basados en conocimientos de realidades diferentes pero estrechamente relacionadas entre sí, se exponen resumidos en los siguientes puntos.

Consolidación

La tarea de renovar las cubiertas comportó la consolidación adecuada de la estructura de muros del edificio: esta se efectuó cuidando los detalles construidos originales y utilizando en los procesos elementos y materiales iguales o lo más parecido a la preexistencia. No se buscó la acentuación de la diferencia entre original e y parte intervenida, sino la plena integración de las superficies consolidadas en el conjunto construido.

Restauración

En la restauración o restitución de elementos constructivos y, por extensión, de espacios tanto interiores como exteriores es igualmente válido el propósito de ser fiel al material y a la composición preexistente. En caso de la restauración de espacios interiores, limitada en estas obras sólo a vivienda de ermitaño, capilla 1 y sacristía, la finalidad era de facilitar una clara lectura de la evolución constructiva del monumento.

Para la intervención en el entorno relacionada con el drenaje se buscó una respuesta a las preguntas: ¿hasta que punto se puede devolver el entorno modificado a su estado original? y ¿cuál era el estado original? Teniendo en cuenta estas difíciles e inquietantes preguntas se optó por completar los estudios históricos con varios sondeos arqueológicos distribuidos en el terreno adyacente a las fachadas y así obtener más información concreta para poder determinar la próxima configuración del entorno.

Uso

El objetivo base era obviamente el de salvar la ermita de la progresiva ruina. Los siguientes pasos serían, por una parte, devolverle su función de culto, ya que la celebración de Santa Lucía está muy arraigada entre los Morellanos y, por otra parte, impulsar la transformación del tramo de la vivienda de ermitaño en un museo de lepra y leproserías, y así recordar la primitiva función de este testimonial edificio.

Procesos y desarrollo de los trabajos (plano 3, plano 4)

Los trabajos, de aproximadamente ocho meses de duración, se pueden concentrar, para una mayor claridad y siguiendo los criterios preestablecidos, en tres grupos según el lugar a intervenir. Hay que apuntar que dada la complejidad de los trabajos, unida al peligro de derrumbes parciales de la cubierta y de muros, y a la exigencia de excavación de grandes volúmenes de tierra, se tenía que cuidar la combinación y secuencia de los mismos.

Grupo – Drenaje del entorno

En esta intervención, destinada a eliminar humedades de muros procedentes del terreno, se distinguen tres zonas diferenciadas por los medios de excavación utilizados y por su acabado final. El tipo de medios a utilizar en los distintos volúmenes de tierra se eligió entre excavación arqueológica, mecánica o la combinación de ambas. La aplicación de cada una se realizó en función de resultados de sondeos arqueológicos efectuados durante la fase de proyecto.

Espacio contiguo a la fachada noreste

Los primeros trabajos en esta zona, anteriores a la colocación de andamios, se centraron en el rebaje a un nivel, invariable durante siglos, idéntico al interior de la ermita, es decir de restitución del nivel contemporáneo a la construcción del edificio. Este nivel existía, por las afirmaciones de testigos oculares, todavía en los años cincuenta del siglo XX. Los sondeos arqueológicos realizados han mostrado que las capas de tierra y escombros previstos a retirar son residuos recientes. Así el rebaje, en promedio de 1,50.m, se realizó con medios mecánicos, pero con supervisión de un arqueólogo. Posteriormente, una vez consolidada la fachada, se colocó una acera de piedras irregulares, de 0,90 m de ancho, en toda su extensión. En el límite entre la carretera y el terreno en cuestión se construyó un murete de contención realizado en mampostería. Otro murete de igual características se sitúo a una distancia de 10 m metros de la fachada y paralelo a ella. La finalidad del recinto creado es, a parte de evitar las humedades en la fachada adyacente, la de resaltar dicha fachada en su altura original (F.35)

Volumen de tierras adyacente a la fachada sudeste.

A lo largo de esta fachada existía en el pasado una cuneta. En la última renovación y ampliación de la carretera contigua a la ermita se acumularon tierras en la cuneta y se elimino este elemento que acompaña con eficacia las vías de comunicación. A los trabajos finales de presentes obras pertenecía la restitución de la cuneta y se realizó rebajando el nivel actual con medios mecánicos, liberando otra vez la parte inferior del paramento sudeste. La cuneta, que asimismo desagua el espacio noreste, está formada con hormigón armado (F.35).

    •  
    • F. 36 . Excavaciones arqueológicas en el paso de separación
    • F. 35 Rebaje de tierras en fachadas SE y NE
 

Paso de separación entre la fachada noroeste y el acueducto.

En este espacio, vecino del acueducto y con una diferencia de nivel respecto al pavimento de la ermita de hasta 5,5 m, se realizó una excavación arqueológica. Durante las excavaciones, bajo ingentes capas de vegetación y acumulaciones de escombros, han salido a luz varios elementos de drenaje e impermeabilización de la zona pertenecientes a distintas épocas. Como base e inspiración del nuevo drenaje que consiste en una solera y pavimento en pendiente, se tomaron restos de un complejo sistema creado probablemente en el siglo XVIII. Cabe destacar que se excavó sólo unos 3 m, ya que se descubrió que el resto del terreno es roca arcillosa, típica de Morella y el paramento noroeste está en gran parte adosado a ella. La excepción es un espacio de aproximadamente 2,0 x 3,0 m, posterior a la capilla 4, cuyo suelo está al mismo nivel que el de la ermita y que se excavó en su totalidad. Según los vestigios de las yeserías encontradas y de la unión de sus muros con los de la ermita se trata de una capilla decorada a final de siglo XVI, tapiada y rellena de tierras probablemente durante las reformas neoclásicas. También es interesante que su muro posterior crea la base del correspondiente tramo del muro de acueducto (F.36).

Grupo – Trabajos en muros, arcos y bóvedas

Estos trabajos, precedidos por el apuntalamiento de todos los arcos y bóvedas y el desmonte de la cubierta, estaban dirigidos ala consolidación y restauración de la estructura portante de la ermita, es decir a subsanar el desplome de la fachada sudeste, el ruinoso coronamiento de muros y la deteriorada mampostería en general. Se utilizaron diversos procesos que a veces se entrelazaban y, en la mayoría de los casos, se complementaban mutuamente.

Los procesos más complejos, consistentes en varios pasos, se centraron en la fachada sudeste – especialmente el tramo de la entrada a la ermita – afectada por una suma de daños. Así, en el citado tramo se desmontó la parte de mampostería materialmente degradada, con peligro latente de caída, hasta llegar al núcleo homogéneo del muro. Seguidamente se reconstruyó el paramento con mampostería parcialmente armada; se trató en máximo grado el aspecto de unión entre la preexistencia y la obra nueva. En la parte superior de la nueva mampostería se colocaron unas ménsulas de piedra de soporte para la cubierta del porche a restituir. La intervención incluyó la formación de una ventana aspillera en lugar de la puerta balconera, la renovación de la puerta de entrada a la vivienda de ermitaño y la consolidación del arco recto de sillería de acceso a la ermita. Aquí, en la parte superior del citado arco, se encontró durante el saneado un arco y unos restos de revocos, elementos que comentaremos más adelante. Finalmente todo el tramo se enlució con mortero de cal, similar al preexistente.

El resto de volúmenes de la fachada sudeste, afectados por fisuras y grietas a causa del desplome, se consolido por filtrado de mortero mixto en su interior. El proceso se reforzó con el cosido de paramentos con varillas de acero inoxidable y estaba precedido por el retacado de juntas. En las separaciones de más envergadura se colocaron previamente ripios y mampuestos.

La degradación del coronamiento de muros afectaba gran parte del edificio, pero se evidenciaba con gravedad en la fachada noroeste. Se renovó el coronamiento en toda su extensión, trabajo que consistió en la reconstrucción, en mampostería, de los niveles faltantes, previo saneamiento del paramento. A lo largo de todo el perímetro de la parte superior de la mampostería nueva se incluyó un zuncho de atado: la tarea de este nuevo elemento es de ayudar y reforzar la unión de la obra construida.

Entre las intervenciones dirigidas a las bóvedas destaca el refuerzo de la bóveda tabicada en la capilla 2, que se efectuó aplicando en su trasdos una capa de hormigón ligero armado con una malla metálica (F.37,38,39,40,41,42).

    • F. 37 Saneado muros en fachada SE
    • F. 38
    • F. 39 Coronamiento muros en fachada SE
 
    • F. 40 Consolidación de fachada NE
    • F. 41 Coronamiento muros fachada NO
    • F. 42 Consolidación de bóveda de capilla 2
 

Grupo – Trabajos en techumbre de madera, cubierta y forjados

Los trabajos estaban dirigidos a renovar el conjunto de cubierta (la estructura leñosa y el tejado), a restituir el porche de entrada y a liberar la vivienda de ermitaño de dos forjados ruinosos. Con la eliminación de la división horizontal de la vivienda se recuperó un gran espacio original, que, como se ha escrito más arriba, se podría adecuar a un museo de lepra y leproserías.

Respecto a la estructura leñosa, previamente a las obras se tenía la intención de integrar algunos de sus elementos en mejor estado de conservación en la techumbre renovada. No obstante, conforme avanzaba el desmontaje se constató el avanzado estado de podredumbre tanto de vigas como de ménsulas y tablas, y se hizo evidente que la idea de reutilización no era realizable. Se guardó una parte de ménsulas, para exponerlas en una posible muestra de evolución histórica del edificio y su conservación, que podría situarse en la capilla 1. La nueva techumbre, de perfiles y colocación iguales a la original, es de madera melis tratada con productos fungicidas y anticarcoma. En los tramos donde la madera queda a la vista, es decir en el tramo de la vivienda, en la sacristía y en la capilla uno, esta se entonó con un barniz oscuro, color más adecuado al entorno.

A contrario de la techumbre, en el desmonte se pudo recuperar una elevada cantidad de tejas. Antes de su nueva colocación, realizada con mortero mixto, se protegió la solera de madera con una membrana elastométrica, y se renovó el alero: tanto el de lozas de piedra en la fachada nordeste como el de ladrillo en el resto del edificio.

El porche restituido en la fachada sudeste, apoyado en el lado de la carretera en dos pilares nuevos, es formalmente la continuación de la cubierta, ya que su pendiente y su composición material son idénticas a ésta (F.43,44,45,46,47,48

    • F. 43 Saneado de cubierta
    • F. 44 Colocación de ménsulas de techumbre
 
    • F. 45 Colocación de vigas de techumbre
    • F. 45 Vista de la ermita desde el castillo: Colocación de vigas de techumbre
 
    • F. 46 Colocación de tablazón de techumbre
    • F. 47 Restitución de porche
 
    • F. 48 Aspecto final del porche
    • F. 49 Aspecto final
 

Resumen de intervenciones

Drenajes del entorno

Excavaciones arqueológicas

Excavaciones con medios mecánicos

Pavimentación con recogida y salida de aguas

Renovación de cuneta

Muretes de protección

Trabajos en muros, arcos y bóvedas

Derribo

Saneado de mampostería

Saneado de juntas de mampostería

Retacado de juntas

Filtrado de mortero de cal y cosidos

Mampostería careada, parcialmente armada

Zuncho perimetral en atado de coronamientos

Trabajos en forjados, techumbre de madera y cubierta

Derribo

Tratamiento de elementos nuevos/reutilizados de techumbre

Sustitución/restitución de elementos de techumbre

Sustitución/restitución de aleros

Colocación de cubierta

Restitución de porche


[1] J. Segura Barreda, Morella y sus aldeas, (1868), p. 407

[2] Libro de Visitas pastorales, AHEM

[3] idem

[4] idem

[5] idem

[6] J. Segura Barreda, Morella y sus aldeas, (1868), p. 407

[7] Protocols de Joan Guerau, any 1422, AHEM, caixa 35

Busqueda y transcripción de documentos históricos: Julià Pastor Aguilar