Opinión en Domus

Mi opinión escrita sobre el artículo titulado “Edificio scolastico a Morella, Castelló, Spagna”, publicado en la revista “Domus” en julio 1995, sigue valida, aun transcuridos dos años y despues de varias visitas más al colegio.

 

Hace unos días leí la revista “DOMUS” de julio 95 y al abrir las páginas dedicadas a proyectos choqué con el reportaje sobre la nueva escuela en Morella. Y otra vez noté una especie de sentimiento de inquietud y falta de sosiego: una de las impresiones básicas que provoca en mí este edificio, pues en un proceso reflexivo ésta és siempre mi respuesta interna a su -para mi- desafiante presencia. Por este motivo escribo esta réplica.

En Morella he pasado largas temporadas dedicadas, conjuntamente con un grupo de arquitectos, a realizar un Master en restauración de arquitectura. En estos años, en los que Morella se ha convertido en una parte de mí, he llegado a comprender que las características más intrínsecas de su belleza y de su fuerza de cautividad residen en el poder de formar un supremo equilibrio y simbiosis entre la creación humana y la naturaleza; todas las contraposiciones están aquí en perfecta sintonía. En los paisajes morellanos se respira quietud a pesar de su sensiblemente movida historia. El tiempo de mi Master coincidió también con la construcción de la citada escuela. He tenido la oportunidad de ver los planos y una maqueta – lo que ví me pareció demasiado agresivo para un centro docente. Pero creo que en ningún caso, por mas dificil que sea, es justo hacer conclusiones precipitadas o anticipadas, premisas especialmente válidas para la arquitectura, pues a ésta lo mejor es vivirla en escala 1:1. A pesar de tratar de ser objetiva, de no dejarme llevar por los sentimientos, cada vez que subía al castillo para contemplar desde su imponente altura las sensuales curvas de los innumerables bancales extendidos hasta el infinito, al ver a los pies de la gran pendiente idealmente orientada hacia el oeste los agudos ángulos del futuro conjunto escolar en construcción, se apoderaba de mí la misma sensación de inquietud interna. Me perseguía un pensamiento: ¿como se podrán adaptar los espacios internos a estas formas prismáticas en una consecuencia lógica y fluida?

Con unos amigos, arquitectos valencianos, habíamos comentado algunas veces las obras del nuevo colegio; las opiniones eran realmente muy variadas. Por eso me alegré mucho cuando, una vez acabada la construccion, tuve la posibilidad de visitar el centro escolar a punto de estrenar, precisamente con un grupo de arquitectos, estudiantes de arquitectura y sus profesores de Valencia, y tener de guía la arquitecta coautora del proyecto y directora de las obras. Ella nos explicó que el criterio fundamental en la génesis del diseño fue el de transmitir la esencia de Morella, su estructura urbanística y arquitectónica, su historia; que los autores trataron de interpretar el espíritu de Morella. Resumiendo: oimos mucha mística. Durante el paseo por los interiores, alucinando ante tanto espacio heterogéneo, me perdí por completo, y al no poder orientarme lo que me envolvió fue una fuerza de desprotección. Al final choqué literalmente con el resto del grupo en un miniespacio/esquina indefinible. Comentamos unos con otros las impresiones vividas; estábamos confusos, con una dosis de agresividad acumulada; en la necesidad de expresarnossalieron tambien palabras agresivas. Puede que la composicion exterior del nuevo colegio sea quizá bella, que se pudria justificar bien si la función del edificio fuese cualquier otra que la enseñanza – museo, ayuntamiento, residencia particular, fundación de arte. Con cualquiera de éstas la autolatría del diseño, donde los interiores están completamente subordinados a la apariencia externa, no sería tan llamativa. Pero los niños, mucho más que las personas mayores, necesitan una seguridad psíquica interna, y en mi opinión ésta se fortalece también, indiscutiblemente, a través de la facilidad con la que pueden orientarse rápidamente y sin complicaciones en los espacios. Los pasillos confusos, los espacios triangulares residuales, las aulas y habitaciones sin ángulo recto.. no les serán de gran ayuda en su afirmación espacial. Pienso igualmente que en la determinacion de unos criterios tomados en la gestación de un nuevo edifício deberian tenerse en cuenta las tipologías dadas y no jugar arbitrariamente con ellas.

Los exteriores… Se sabe que a los pequeños les gustan las travesuras, pero en vano buscaba yo en los pavimentos pulidos de los patios de recreo un rincón donde ellos pudieran jugar a las canicas, saltar a la rayuela o encontrar un sitio para cualquier invención, de las que hacíamos todos en la infancia. ¿Quizá sentarse ordenadamente en los bancos alineados y puntiagudos o resbalar por las inclinadas claraboyas de cristal?

En el reportaje de “Domus” se admira la concordia de color entre las paredes exteriores e interiores (seguramente se hubiera podido obtener el mismo color cálido con un proceso más simple y con gastos inferiores) admitiendo que éste confiere al ambiente una cierta “Gemutlichkeit”. Pues bien, la obra puede calificarse de muchas maneras -positivas o negativas- pero seguramente no hay sitio en ella para la palabra “Gemutlichkeit”. Me estoy imaginando a los autores del reportaje de “Domus” felices y relajados en los “ambientes domésticos” de los pequeños y torcidos dormitorios, donde a parte de duras literas no cabe nada más. Y pensar que hay niños, para los cuales estas paredes representan su casa durante toda la semana : estamos hablando de una escuela-hogar. ¡Si estos espacios de descanso nocturno parecen el paradigma de la inhospitalidad!

Algunos detalles superan la fantasía infantil, a veces se acercan a trampas sádicas. La puerta principal es pivotante, y al abrirse barre su lado opuesto unos 50 cm, allá fácilmente puede machacarse un niño o al menos recibir una “bofetada”. Si durante las comidas un niño quiere apoyarse, simplemente se caerá. No hay sillas en el comedor, solo bancos sin respaldo. La entrada a la sala de TV (biblioteca) hay que buscarla, ésta casi escondida detrás de una pared.

Ya he oído muchas reflexiones profundas que tratan de explicar las soluciones tomadas para la creación de la nueva escuela y también sus altísimos costes, pero sigo sin entender porqué un edificio dedicado a educar las futuras generaciones debería tener un halo de hermetismo. El hermetismo en arquitectura se puede quizá justificar en las iglesias prerrománicas, y esto solo por las ansias de poder de las capas superiores y la triste ignorancia del vulgo, ¿pero “fuerte hermetismo” en una escuela a finales del siglo 20? Pienso que no se debieran glorificar arquitecturas que no están concebidas para cumplir con sus preceptos, en este caso los de educar a los niños en una harmonía con su entorno. Estoy recordando la vieja escuela de mis primeros años escolares, con pasillos anchos y largos, escaleras amplias y aulas grandes – los maestros en su mayoría eran “politicamente correctos”, tiempos de la guerra fría, pero la escuela era estupenda. Y sigo pensando en la validez de la frase de A. Loos: “….el arte es revolucionario y la arquitectura conservadora…”. En fin, tengo la esperanza y la fe puestas en los aires de Morella; ellos envolverán y suavizarán las formas punzantes de su nueva escuela.
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